En
los valores, precisamente… en el tipo de valores, en la concepción que
se tiene de ellos y en la actitud que se adopta respecto a ellos. Después
de la crisis ideológica que se ha vivido en el mundo y en nuestro país
desde hace unas décadas, del quebrantamiento de las posturas cerradas
y acabadas, del fin de las doctrinas inamovibles, pero también más allá
del relativismo nihilista que parece cundir en muchos ámbitos de la
vida contemporánea (incredulidad, desconfianza, individualismo exacerbado,
desánimo y extenuación moral), la distinción entre lo que tradicionalmente
hemos llamado “derecha” e “izquierda” no ha desaparecido, como pudiera
suponerse o como pareciera ser, más bien al contrario: la distinción
resulta hoy más nítida que nunca. Pues más allá de los aspectos programáticos,
las propuestas ideológicas y económicas, las personas, las estructuras
las formas de organización política –que luego han resultado en la práctica
de gobierno poco distinguibles–, subsiste una diferencia inconfundible:
el tipo de valores que cada postura defiende y, todavía más, la disposición
que asume respecto a ellos.
Sabemos cuáles son los valores y posturas que defiende la derecha: el
orden, la seguridad, el status quo, los privilegios obtenidos, la religión
(una religión), el conservadurismo acrítico, las fórmulas consabidas,
la incuestionabilidad de sus decisiones, posiciones y posesiones.
Frente a éstos, son claros los valores de la izquierda: el dinamismo,
el progreso, la justicia, la igualdad, la solidaridad, el conocimiento
racional y la ciencia, el pensamiento crítico y la tolerancia frente
a toda diferencia, novedad o innovación. Un sentido del riesgo y la
aventura contra el regodeo melindroso de la derecha en la inmovilidad
y la fatuidad.
Ciertamente, la diferencia entre derecha e izquierda no es absoluta,
y ya no creemos en elecciones irrebatibles y en que el objetivo de la
lucha política sea “exterminar” al contrario, callarlo o eliminarlo
para siempre. Hay “valores” en la derecha que no es fácil despreciar
(el orden social, la conservación de las tradiciones, la identidad cultural);
hay valores en la izquierda que tampoco es fácil descreer de ellos (la
justicia, la igualdad, la esperanza). El problema importante de la diferencia
radica en otra cosa.
En los aliados… en la manera como, en nuestro país y en muchas partes
del mundo, se entiende y busca por cada postura la realización de sus
valores, ideas, proyectos y propuestas. El problema de la derecha es
el vínculo, la alianza que ha establecido siempre con los poderes fácticos
del dinero y las estructuras de dominación existentes (económicas, institucionales,
ideológicas, etc.). Una de las relaciones más inexplicables en la historia
política es la que se ha dado entre el conservadurismo moralista y religioso
(la derecha tradicional) y el empresariado y, en general, el sistema
capitalista (incluso en sus formas más extremas de rapacidad e inmoralidad
social). ¿Qué tienen que ver? ¿Por qué este vínculo? ¿Por qué esta incongruencia
profunda, hasta garrafal (la Iglesia católica aliada de Hitler, la expoliación
sin límite de la colonización, el capitalismo depredador de paisajes
y costumbres, etc.).
Una respuesta posible a este enigma es la siguiente: la cualidad misma
de los valores que defiende la derecha –valores “puros”, abstractos,
algunos (los religiosos) humanamente irrealizables– favorece, además
de conductas cuestionables como la simulación y la hipocresía, su utilización
e instrumentalización por aquellos sectores sociales que sólo buscan
legitimar con ellos una actitud esencialmente contravalorativa, un puro
deseo de posesión, de poder y de dominio.
Por el contrario, los valores de la izquierda no plantean la inconsistencia
que plantean los de la derecha. Son valores que se han construido desde
la valoración inmanente de la vida pública y de las posibilidades efectivas
de desarrollo cultural y de crecimiento humano. Su “instrumentalización”
por un único y poderoso sector social parece inviable. La estatura humana
de los valores de la izquierda, el plantearse siempre también como “posibilidades”
reales, implican y demandan el compromiso efectivo de los ciudadanos
y su acción colectiva. La izquierda no busca destruir a los empresarios,
las instituciones eclesiásticas, las organizaciones sociales: busca
acotar su poder y alcance: ninguna de estas instancias puede imponerse
sobre el todo de la sociedad y querer apropiarse lo que es de todos:
los derechos, la vida, el espacio público, las decisiones, los proyectos,
la riqueza…
Esto es lo que está en juego en nuestro país. No hay que desesperar.
Tenemos hoy un país más real, menos simulado, más al descubierto en
sus radicales, extremas, diferencias y en sus conflictos casi irresolubles.
La derecha viene marcada por un pecado de origen: la búsqueda del orden
y la seguridad que obsesiona termina engendrando y reproduciendo al
límite aquello mismo que origina el desorden y la inseguridad: la desigualdad,
la injusticia, la descomposición social, la guerra bárbara de todos
contra todos. La derecha nunca cree realmente en el futuro.
¿Por qué debemos creer que la derecha tiene futuro?
La izquierda debe aprender de su historia, debe voltear a sus valores,
a sus ideales, y encontrar ahí la razón y el sentido último de su postura
y de su proyecto. No es la represión, el resentimiento, la venganza,
el odio, el desprecio, el nihilismo de los ricos, lo que puede llevarnos
a un país mejor; es la inteligencia, la solidaridad, la ciencia, el
arte, la alegría, el amor, la afirmación de lo que vale en serio, aquello
que puede hacerlo. El empresario no es el diablo, pero dista muchísimo
de ser el modelo humano (¿creen que Slim o Azcárrga crean esto para
sí mismos?).
Es el proyecto, el ideal, el sentido de nuestra existencia y el sentido
de nuestra comunidad histórica nacional lo que aquí está en juego. Lo
que hoy en Michoacán, como ya ha sucedido en otras ocasiones en nuestra
historia, está en juego: el futuro y nuestro derecho a desear otra cosa,
a mantener la esperanza. El proceso político que se inicia ahora en
el Estado tiene significado y proyección nacional.
La izquierda está en posibilidades de continuar, ampliar y precisar
su proyecto político-social en Michoacán y en México.
La alianza de partidos y organizaciones en torno al candidato del P.R.D.,
el buen, vivo y plausible ambiente político que hemos logrado, los avances
que tenemos, la apertura trabajada, nos hacen recobrar el ánimo, el
entusiasmo incluso. La izquierda tiene futuro, porque, a pesar de todo,
siempre ha hablado de él, y porque ha luchado siempre por la posibilidad
de que lo haya para todos.
Teo Ramírez